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viernes, 3 de octubre de 2014

Una terapia, ¿Para qué?

Saludos a todos, me gustaría en este pequeño artículo poder establecer diferencias y matices entre lo que se considera hoy día una terapia psicológica desde el modelo imperante y perfilar cual es el enfoque desde el que yo parto cuando emprendo el trayecto de tratar de ayudar a otra persona cuando presenta un sufrimiento mental.

En los últimos decenios (desde hace unos 20 o 30 años) hemos constatado una serie de cambios sociales que han empapado a la manera de ser y estar en el mundo de las personas, y consiguientemente también al enfoque con el que se tratan las dificultades o sufrimientos que puede presentar en cualquier momento de su vida un ser humano. Son cambios relacionados con la inmediatez, la individualidad, la caída de referentes simbólicos sólidos institucionales, y sobretodo, la invasión en cada vez más esferas de lo personal de una ideología de vida marcada por la necesidad de consumo exponencial, no solo de productos, ahora también de ideales, salud, relaciones... Todo esto en mi opinión va transformando al ser humano en un sujeto de consumo, un sujeto pasivo sin iniciativa ni capacidad de cuestionamiento.

Habitualmente se suele pretender que el papel del psicólogo es el de dar consejos, recomendaciones y aplicar técnicas para tratar de corregir en algún sentido aquello que no está funcionando, cuando hay un déficit, trastorno, síndrome... que afecta a la persona. Este es el modelo tradicionala, sazonado desde hace unos años por la idea, de que cuanto más rápido y cuantas menos preguntas se haga el afectado, mejor.

En este sentido la idea de curación viene ya establecida, dado que hay un modelo de salud igual para todos, que considera que generalmente se trata de revertir, eliminar, recortar los síntomas que está sufriendo la persona para devolverla a la "normalidad". Se trataría de amoldar a la persona a una idea preestablecida de curación, lo más rápido posible, según una serie de clasificaciones diagnósticas (DSM, CIE...) en las que, solo se describen síntomas,  tampoco es muy importante quien es aquel que los presenta, su historia, su vida...

Este no es el modelo desde el que yo entiendo el sufrimiento del ser humano y desde el que yo trabajo. El mio es el modelo de la subjetividad y la singularidad de cada uno, donde el mismo síntoma o síntomas parecidos, no significan ni tiene la misma causa(s) para dos personas distitntas.

Si recortamos, escindimos, no toleramos preguntarnos por el sufrimiento y sus causas, no lo investigamos y elaboramos, ¿Podemos estar seguros de que no aparecerá por algún otro lado o de forma peor en el futuro, -a menudo puesto en un sufrimiento o afección corporal-?

En mi concepción no existe una única idea de normalidad a la que debamos ajustar a todo el mundo (incluso con un corsé de fármacos a los niños "que se mueven demasiado", con el beneplácito de la industria farmaceútica), sino que se trata de un trabajo individual, caso por caso, en el que se trata de poder elaborar el porqué de ese sufrimiento para esa persona en ese momento dado de su vida, para tratar de hacer algo distinto con eso.

Mi concepción no tiene nada que ver con decirles a las personas lo que es normal, lo que deben hacer, como se deben de comportar... Sino que tiene que ver con el proceso en que la persona va pudiendo ocupar otra postura subjetiva con respecto a eso que le pasa, preguntándose cada vez más profundamente como está implicada en todo su sufrimiento.

Es por ello, que pienso que las diferentes personas pueden optar por diferentes modelos de terapia según sus necesidades, y por ello la importancia de clarificar cual es mi posición y mi concepción, que entiende que los síntomas son un mensaje, una muestra de que algo está pasando que es necesario entender junto con el paciente, para que el pueda ir elaborando la salida, no para que le uniformicemos con una idea preestablecida para todo el mundo, lo cual consistiría también en no poder investigar que hay detrás de esos síntomas y quizás no poder acceder a partes valiosas de uno mismo.